Un poema para el agua

Como el mar

No importa que no me veas cuando amanece.

Yo sigo aquí,

esperándote,

siempre.

Y puedes estar segura:

no me iré a ninguna parte;

pues no existe otro lugar

que albergue tanta sed.

Ven y cuéntame tu historia,

la que llevas arrastrando.

Sedúceme con tu triste canto de sirena.

Regálame una tarde—para poder recordar.

Pues hoy quiero,

que, tú—más que nadie,

escuches mi forma de amar.

Dímelo y verás:

todos los desechos y deseos;

todas las plegarias los rezos…,

junto a todas las palabras

que a nadie más llegaron.

Como tus dibujos efémeros o siluetas en la playa;

Lo que me hace pleno es llenarme, vaciarme,

y llenarme otra vez.

No me importa; sea tóxico, precioso…,

añejo, u oxidado.

Pues, todo lo que arrojes:

recibo con amor.

Con ese mismo amor que te entrego hoy de vuelta;

al atardecer,

siempre escuchando:

el recuerdo de tus pasos…

Este poema se llama: como el mar.